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  • Foto del escritorAna Sainz-Pardo

INCERTIDUMBRE. El miedo a lo desconocido.

Actualizado: 18 may


La INCERTIDUMBRE es la falta de seguridad, de confianza o de certeza sobre algo, que manifiesta el grado de desconocimiento acerca de una condición futura, y que nos genera sensación de inquietud.


Nos la suele provocar el tener la mente en el futuro más que en el presente. Conlleva importantes dosis de preocupación y puede generar ansiedad.


Tener miedo al futuro es algo inevitable, y de hecho, no es algo malo o incorrecto, porque nos mantiene alerta ante lo desconocido y nos ayuda a esforzarnos para dibujarlo apetecible y acorde con nuestros deseos. A luchar por un mañana, a trabajar por construir un tiempo venidero mejor que el presente. Nos permite soñar.

Además, si no lo experimentásemos, no podríamos gestionar la emoción que nos suscita. Simplemente debemos tener recursos para afrontarlo.


Realmente cada persona es un mundo, así que lo que a mí me puede funcionar para controlar lo que a mí me genera incertidumbre, puede no funcionarte a ti, pero hay algunas recomendaciones generales que pueden ayudarte en su manejo:


Lo que NO ayuda en el manejo de la incertidumbre:


- El pensamiento binario, porque aumenta la ansiedad: es decir, pensar que algo pasará o no pasará. Sin ver los matices, sin apreciar que hay una gama de otras posibilidades que pueden suceder con la misma probabilidad.


- Alterar el orden de nuestras rutinas. Conviene mantener nuestros horarios y costumbres porque nos ayuda a sentirnos seguros y aumentar nuestra confianza en nosotros mismos.


- La pérdida de estímulos positivos en nuestro día a día. Por ello conviene mantener rutinas y costumbres, estando abierto a los estímulos del entorno y no aislándonos por el miedo al cambio o al qué pasará.


- La sensación de soledad. El entorno y el apoyo social resultan muy valiosos, nos ayudan a percibir cómo está el resto del mundo, a distraernos, confiar, abrirnos a otros, observar, escuchar, compartir y/o acompañar, y nos da el empuje que nos lleva a tomar decisiones y avanzar.


- La evitación. El no enfrentarnos a situaciones o evitar pensar en ellas por completo, como si no existieran, tampoco es una estrategia exitosa puesto que solo pospone el malestar y no nos prepara para lo que vendrá.


Por supuesto que en la última época que estamos viviendo con la pandemia, el confinamiento y toda la dureza de esta situación social y humana tan compleja, las posibles pérdidas de seres queridos o del trabajo, así como la ansiedad, el estrés y la inseguridad sostenidas en el tiempo no son para nada de ayuda.


Lo que SI ayuda en el manejo de la incertidumbre:


- Identificar las emociones que se experimentan. Reconocer que están ahí e intentar comprender de dónde vienen, porqué, etc. Analizarnos desde la calma.


- Pensar en términos de probabilidades: Dejar de pensar en si algo pasará o no, sino en qué probabilidades hay de que suceda. Estudiar estar opciones alternativas ayuda a tener una visión más realista y a reducir el temor.


- Aprender a aceptar que no podemos controlarlo todo. Hay cosas que se nos escapan de nuestro poder, como por ejemplo el tiempo, la meteorología o las decisiones de mi vecino. Es simplemente así… Lo que sí podemos controlar nosotros es cómo nos enfrentamos a esto que vivimos, que lo veremos también después. Cómo queremos que nos afecte, que nos interfiera en nuestra vida y nuestros objetivos, y cómo lo gestionamos para seguir avanzando, a pesar de ello.


- Concentrarse en las cosas que sí se pueden controlar de nuestro entorno. Generar cambios aumenta la confianza en nosotros mismos, es cierto, pero no hace falta pensar a lo grande y querer cambiar el mundo. Debemos poner el foco en lo que está realmente en nuestras manos, por pequeño que sea generará modificaciones y nos hará sentir mejor y útiles.


- Aprender a cuidar la actitud con la que nos enfrentamos a las cosas, porque es importante, y tenemos que recordar que disponemos siempre de ese margen de maniobra, en cualquier circunstancia. Nuestra actitud ante lo que vivimos la manejamos nosotros.


- Aceptar que lo único seguro que sabemos de la vida es que es algo cambiante, no es estática y siempre igual, no es inmóvil. Cambia y evoluciona constantemente, como lo hacemos nosotros.


- Aprender a esperar lo inesperado. Puesto que no sabemos lo que va a ocurrir, es mejor estar preparados para lo que sea. Al menos saber que pueden ocurrir cosas muy variadas, y a todo el mundo.


- Ser flexibles y permitir la espontaneidad. No es necesario vivir en un esquema de vida, estructurado, ordenado y cerrado. La apertura amplía horizontes y posibilidades.


- Permitirnos tomar decisiones y equivocarnos. Porque no pasa nada, de los errores se aprende. Es válido, y útil. Es mejor tomar una decisión y equivocarse, que no tomarla y seguir siempre en el mismo sitio, sin cambios, sin perspectivas, sin avances.


- Intentar ampliar la zona de confort. Pues sí, debemos intentar salir de vez en cuando de nuestra querida zona segura. Porque cuanto más pequeño es nuestro mundo, más nos aterroriza y nos resulta amenazador aquello que no pertenece a él.


- Ponernos a prueba, entrenarnos para enfrentarnos a nuestros temores. Cuanto más probamos nuestros límites, más crecemos y nos desarrollamos. Cuanto más nos enfrentamos a lo que no conocemos y nos da miedo, más valientes nos hacemos.


- Cambiar el centro de atención y no rumiar la incertidumbre. Porque si no, ella se va a convertir en el centro de nuestros pensamientos, y poco a poco, puede ser la que dirija nuestras vidas.


Sé que no es fácil aplicar después todo esto, claro, resulta más sencillo decirlo que hacerlo.

Ya sabemos que de la teoría a la práctica….

Pero tener presente los conocimientos sobre ello nos puede hacer conscientes de nuestra forma de afrontar la vida, nuestros miedos y la incertidumbre. Y para el cambio, por algo se empieza. ¡Y este, ya me parece un buen empiece!!


Ana Sainz-Pardo


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