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  • Foto del escritorAna Sainz-Pardo

EL DIAGNÓSTICO. Mucho más allá: construir nuestra propia casa.

Actualizado: 18 may


El otro día charlaba con una persona que está en busca de su diagnóstico desde hace más de 9 años.


Es una mujer de 29 años con trastornos de alimentación que van y vienen entre la anorexia y la bulimia, y que presenta muchas dificultades en sus relaciones sociales.

Habla mucho, piensa mucho, escucha mucho, siente mucho, ve mucho, lee mucho, aprende continuamente.


Y mientras hace todo esto su cabeza no para de reflexionar, de generar discursos muy profundos y elaborados, de analizar cada detalle de cada sensación, recuerdo, palabra, gesto o hecho que le viene en mente. Claro, se siente cansada, realmente está agotada, pero no puede parar.

Sigue sin estar convencida con el tercer diagnóstico que le han dado, sin terminar de encontrarse a gusto con la tercera terapia que está siguiendo.

Ha pasado de la de Trastorno de Alimentación a la de Asperger y ahora está con la de Trastorno Límite de Personalidad. Años de terapias individuales y en grupo.

Pero hay algo ahí… que le sigue diciendo que no … La frustración devora.


Yo la pregunto por qué es tan necesario para ella tener un diagnóstico. Por primera vez se queda algo callada tras la pregunta, parece dudar, balbucea, pero no elabora un discurso largo… Simplemente me dice que no sabe bien porqué, pero lo busca y siente que lo necesita.


Planteo… quizá porque es una etiqueta que clasifica en algo científico, médico, estudiado y avalado. Quita culpas.

No estás rota, estás enferma.

Te da un hilo conductor de qué hacer, cómo comportarte, y qué ha funcionado a otros.

Te da seguridad.


Yo lo comprendo perfectamente, y puede ser muy útil este conocimiento, pero no creo que sea lo más necesario en realidad.


Lo interesante es saber reconocer lo que duele, lo que molesta, lo que no interesa y tratar de observarlo, entenderlo, validarlo, aceptarlo y asumirlo como propio.

Sin rechazo, sin miedo, sin culpa.

Trabajar desde este mismo instante para aprender nuevas formas de funcionar que no duelan tanto (o nada), que no molesten y que sí que me interesen.

Conformar nosotros mismos quienes queremos ser.


Porque podemos, somos seres sociales construidos por una parte genética, sí, pero además por experiencias y aprendizajes, relaciones, entornos, ambientes, recuerdos y personas.

Podemos coger un poquito de lo que queramos de todo esto para quedarnos con lo que personalmente elijamos.

Podemos manejar nuestra conducta, seleccionar, es un privilegio.

Y sí, a veces no es fácil hacer uso de ello, e implica asumir responsabilidades, pero esto también es crecimiento, y evolución.

Podemos elegir hacer o no hacer algo porque nos sea útil, porque nos apetezca, o decidamos que nos conviene, a nosotros, no a todos los que tienen etiquetado lo mismo que yo.

A nosotros mismos, a ti. Al ser único, legítimo y válido que eres tú.


Cuando ella me explicaba que le costaba no dejarse manipular por sus parejas, o acceder a todas las peticiones de sus jefes, o hacer todo lo que le piden sus amigos sin atreverse decir que no, y terminaba alejándose de todo y de todos, me justificaba que era parte de su trastorno. Y a la vez eso era justamente lo que ella quería trabajar, porque le hacía sufrir mucho. Se sentía mal, se sentía sola, se enfadaba o desilusionaba con ella, y se castigaba con la comida.

El diagnóstico le ayudaba a ver el círculo vicioso en el que estaba metida, a justificar su comportamiento. Pero no le quita el dolor, ni le da las herramientas para no hacerlo. Hay que trabajar sobre ello. No quedarse solo con eso. Desmenuzarlo.


“Parece que te cuesta hacer uso de tu asertividad”, le dije. “sería muy interesante saber cuál es tu forma de entender las relaciones, conocer tus formas de afrontamiento, fortalecer las habilidades sociales si lo necesitas y practicar las que desees ejercitar. Con eso, posiblemente mejorarían mucho tus sensaciones desagradables al respecto. De la misma forma tu autoestima mejorará, así como tu autocontrol y te empoderarás, haciendo que sigas leyendo y escuchando tus cosas, como siempre, pero desde un punto de vista diferente y más justo contigo misma”.


Somos como albañiles de nuestro propio mundo interior, nuestra casa. Una parte nos viene dada, vale, pero podemos modelar el resto. El caso es que hay que ir abriendo grietas, haciendo ventanas y construyendo puertas.

También podemos elegir una casa ya hecha, por ejemplo, y en vez de trabajar nos tumbamos en el sofá a ver la TV. Podemos dedicar nuestros esfuerzos a aprender a disfrutar de esa casa idéntica a que tienen los otros con los que comparto el mismo perfil, porque es la que nos toca por defecto. Haré lo que a ellos les ha funcionado, porque voy sobre seguro. Está bien.


Pero si tengo la suerte de ser albañil, con conocimientos y herramientas para hacerme la casa que yo quiera, ¿por qué no hacerlo?

Quizá porque supone mucho más esfuerzo. Hay que trabajar para saber qué se quiere y qué no. Podemos descubrir que hay miles de materiales, decoraciones y modos de hacer. Incluso partes que ya existen pero que en realidad nosotros las queremos de otro modo. Deberemos ir eligiendo.

Deberemos equivocarnos, rectificar, disculparnos, perdonar, aprender y desaprender para finalmente disfrutar.


El camino es más largo, pero promete un viaje mucho más rico de experiencias. Donde, además, podemos construir casi a voluntad y bajo deseo, con la satisfacción personal que esto conlleva.


Ana Sainz-Pardo


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